Ian Fleming: Me llamo Bond

John Fitzgerald Kennedy y Lee Harvey Oswald tenían una cosa en común. Ambos eran apasionados lectores de las novelas de James Bond. El mítico, católico y malogrado presidente norteamericano las tenía siempre en su mesilla de noche y declaró que ‘Desde Rusia con amor’ sería una de las diez obras que hubiese salvado ante la perspectiva de un ataque nuclear (eso y un frasquito de Chanel nº 5, supongo). Los registros de la biblioteca de Dallas dan fe de que su eternamente presunto asesino había tomado prestada, en sucesivas ocasiones, toda la colección de 007.
Dije de las novelas de James Bond, cuando, en realidad, debería haber dicho de Ian Fleming. Pero, quizás, en ningún caso como en éste el personaje haya eclipsado tanto al autor; ni siquiera Sherlock Holmes aniquiló tan contundentemente a Conan Doyle. Lástima, porque Fleming, además crear uno de los iconos más duraderos de la cultura popular contemporánea, fue un tipo realmente interesante.

Atleta, periodista, espía...
El segundo hijo del matrimonio Fleming nació el 26 de mayo de 1908 en el número 7 de Green Street, Londres. Valentine, su padre, fue elegido miembro del parlamento en representación de South Oxfordshire y la familia al completo (Eva, la madre, y otros tres chicos) se mudó a una aristocrática mansión en Hampstead Heath. En su pupitre del colegio, entre cuadernos y libros de texto de la época, el joven Ian empezó a guardar también las novelas de John Buchan, Sax Rohmer y Robert Louis Stevenson.
El 20 de mayo de 1917 Valentine cayó abatido en uno de los campos de batalla de la I Guerra Mundial. Winston Churchill redactó para The Times la sentida necrológica de su querido amigo. Ian siempre la guardaría enmarcada y cerca de sí.
Junto a sus hermanos, fue alumno de Eton, donde destacó más en las pistas de atletismo que en las aulas. Después también estudió en Munich y Ginebra. Pasó fugazmente por la academia de Sandhurst y tampoco logró ingresar en el ministerio de asuntos exteriores. En lugar de eso, consiguió que le adjudicasen la corresponsalía de la agencia Reuters en Moscú. Se entretuvo mucho cubriendo los dramáticos juicios por espionaje puestos en escena por el paranoico terrorismo de Estado estalinista. Enviaba sus crónicas desde Rusia con horror y cierto puntillo de humor negro británico. En 1933 estaba de vuelta en Londres, ganándose la vida como agente de bolsa. Al estallar la II Guerra Mundial pudo, por fin, jugar en serio a ser espía. O casi. Fue nombrado asesor del jefe de inteligencia naval. De algo le iban a servir a la patria sus viajes y su dominio del alemán y el ruso.
En los servicios secretos de la Armada Fleming desempeñó su tarea con una desenfadada concentración, un cauteloso entusiasmo y una curiosidad que le permitieron conocer a fondo los entresijos de esa guerra de sombras que estaban desempeñando y ganando los espías aliados. Desde la célebre habitación 39 de la central del Almirantazgo nuestro escritor en ciernes ideó los más estrambóticos planes; algunos de los cuales, por raros e inesperados, dieron el resultado apetecido: irritar a los alemanes y sembrar el desconcierto entre sus filas. Ya se sabe que el mejor estratega es aquel que encuentra siempre la solución más improbable: y para eso hace falta tener la imaginación de un loco genial. De hecho y en la actualidad, la CIA tiene en nómina a algunos de los mejores equipos de guionistas de Hollywood con el propósito de que planeen atentados terroristas y poder así anticiparse a cualquier insólita y apocalíptica jugada.
Una de las hipótesis con las que trabajó consistía en prepararse para una eventual invasión alemana de Gibraltar a través de España. A la posible operación de defensa del peñón se la denominó ‘Golden Eye’. ¿Les suena de algo?
Cuando la guerra tocaba a su fin, Fleming descubrió su paraíso particular. Acudió a Jamaica para participar en una conferencia naval. Y le gustó el sitio más por lo que no tenía (violencia, miseria, dolor, racionamiento) que por lo que tenía (playas, ron recién destilado, belleza, inocencia...). La casa que el primerizo escritor, aún inédito, adquirió en la isla era sencilla, pero confortablemente británica. Y, desde entonces, su vida transcurrió entre dos islas: la propia Jamaica y su Gran Bretaña natal.
Curiosamente la primera aventura de James Bond en llegar a las librería ha sido, de momento, la última en convertirse en largometraje cinematográfico (un taquillazo que, contra todo pronóstico, ha fulminado la recaudación de anteriores entregas). ‘Casino Royale’ se publicó el 13 de abril de 1953. Y en ella aparece Versper Lynd, bella y pérfida agente doble que se suicida a la mañana siguiente de haber tenido relaciones sexuales con nuestro James (¿tan descomunal fue el gatillazo?), marcando el turbio e irresistible perfil de la chica Bond.
Y llegados a este punto, ¿no sería interesante que comparásemos la biografía del creador con la de su criatura? Oh, sí, magnífica idea. Procedamos, pues, sin más dilación.

Al servicio de su Graciosa Majestad
El agente 007 en formato literario tiene todavía el sesgo sombrío y canallesco de un héroe de novela negra clásica; un aura de oscuro y duro romanticismo que se esfumó durante la mudanza a la gran pantalla. Por lo demás, permanecerá en esa edad indefinida, en torno a los treinta y cinco años, que supone el justo punto de maduración del atractivo masculino. Mide un metro ochenta y tres; pesa 76 kilos. “Los ojos en la enjuta cara bronceada son de un clarísimo gris azulado y gélidos, vigilantes. Estos ojos semicerrados y en guardia dan a su rostro una peligrosa, casi cruel cualidad. Es un hombre guapo; con la expresión de quien se siente perfectamente en forma; duro”. Su sangre fría en los momentos difíciles sólo es comparable a su resistencia física frente a las condiciones más adversas y el dolor. No obstante, su equilibrio psíquico, cual castillo de naipes, se viene abajo entre misión y misión: como si no pudiese soportar esos intermedios de vida relativamente normal, como si le sobreviniese un fiero síndrome de abstinencia. Adicto a la adrenalina, suple su carencia durante sus mínimas vacaciones con elevadas dosis de alcohol y mal humor.
Algún informe se ha filtrado acerca de su pasado. Su padre era un escocés que representaba en el extranjero a la firma Vickers, su madre era suiza. Ambos fallecieron mientras practicaban el alpinismo en Chamonix. A partir de entonces, el pequeño James vivirá y se educará junto a su tía Charmian, en las cercanías de Canterbury. A los doce años ingresa en Eton, de donde será expulsado por intimar demasiado con una camarera. La tía echa entonces mano de su agenda y encuentra en ella las direcciones de personajes lo suficientemente influyentes como para conseguir que el chico sea admitido en Fettes; colegio donde a la excelente preparación académica se suma una obsesión por el deporte y la formación física que convierte a sus alumnos en mentes brillantes dentro de cuerpos poderosos. El joven Bond se alzará con el campeonato de boxeo juvenil y será uno de los primeros europeos en practicar judo, disciplina marcial por aquel entonces absolutamente novedosa.
Entró en la marina a los diecinueve años y, durante la guerra, consiguió llegar a comandante. De allí al ministerio de defensa...
¿Su dirección? Bond, entre viaje y viaje, recala en un apartamento coquetamente masculino situado en los elegantes aledaños del Kings Road londinense. Una anciana ama de llaves escocesa se lo cuida.
¿Sus aficiones? Bueno, digamos que son las propias de un pijo británico: esquía, juega al bridge y la ruleta, practica el golf (handicap 9), nada y bucea con el desparpajo de un flemático tarzán, conduce con pericia, domina varios idiomas extranjeros (aunque, como buen racista, detesta tener que hablarlos; lo cual casi nunca es necesario porque hasta los soviéticos más siberianos y carpetovetónicos o cualquiera de los malvados y amarillentos herederos de Fu Manchú chapurrean un aseado inglés)... Mejor omitir discretamente la opinión que le merecen los oriundos de cierta península mediterránea a los que Bond parece no perdonar que, piano piano, hayan conseguido arrebatarles a los gentlemen el patrimonio de la elegancia varón dandy: “Italianos inútiles para todo, que llevan camisas bordadas y pasan el día perfumándose y comiendo espagueti”. Los españoles no existimos para 007, menos mal. Décadas después, Pierce Brosnan estará a punto de despachurrarse sobre el Guggenheim de Bilbao; lo cual hubiera puesto muy difícil la explicación de su necesaria supervivencia (porque a ver cómo hubiese podido caer sobre una superficie mínimamente acogedora). Pero esas son otras películas, otras guerras perversas y frías.
Pero lo mejor del agente es su capacidad para hacer publicidad y vender. No voy a citar marcas, hasta ahí podíamos llegar. Harto conocido es que la películas de Bond ya están amortizadas antes de su estreno por compañías o ciudades cuyos productos, bellezas y bondades aparecerán descaradamente en la gran o mediana pantalla. Cada una de esas película podría contemplarse como un largo y espectacular spot publicitario.
Pero, ¿quién es a fin de cuentas OO7? Seamos claros: no es más que un obediente y sumiso agente al Servicio de su Graciosa Majestad (es un decir). Una llamada de M. y deja lo que esté haciendo, aunque sea el amor con la más sofisticada top model, para acudir como un corderillo a la espera de que le envíen a un matadero del que, por supuesto, tanto él como nosotros sabemos que saldrá vivo y casi sin despeinar.

Mírame: el lenguaje de la moda


Podemos elegir; quizás la amplitud del abanico de posibilidades sea distinto según el estatus socio-cultural y los ingresos, pero, en general, puede decirse que elegimos la ropa que nos ponemos y que en esa elección radica la capacidad de expresión de nuestro atuendo: lo que nos ponemos indica a los demás cómo deseamos ser percibidos. Mi abuelo Luis me recomendaba que me arreglase, que me pusiese presentable porque “según te ven, así te miran”.

El vestido es un símbolo, una segunda piel que crea o refuerza estilos vitales, conductas, modos de vida, redes de relaciones, estados de ánimo, etc. Podemos contemplar y hasta analizar una calle céntrica un lunes por la mañana o una sala de fiestas la noche de fin de año, y sólo por el aspecto individual y/o colectivo de quienes transitan o bailan, como un micro-laboratorio de sociología o museos de arte móvil e hiperrealista-pop. Y nada digamos de la historia: nos bastaría ver un primer plano de una peluca empolvada para saber que la cámara nos ha conducido hasta el siglo XVIII, o un rostro completamente blanqueado, unos labios rabiosamente carmesíes y un kimono de seda exquisitamente estampado para saber que la película va de geishas... Pasaré por alto que una de las entrañables mujeres de Darío Fo describía un partido de fútbol como “veintidós tíos en bragas”.

En el espejo de la moda se reflejan las épocas, los elementos configuradores de la civilización, de los gustos y las fobias de cada momento. A veces la moda actúa como profeta: las damas de la Convención se vestían de vestales y matronas romanas antes de que Napoleón transformase a Francia en un imperio; los nazis ya se enfundaban chupas de cuero antes de arrancarle a Europa la piel a tiras. A veces la moda anuncia el apocalipsis de un tiempo a punto de morir o reciclarse ladinamente: ¿los punkies con toda su parafernalia de crestas multicolores, camisetas hechas jirones, mallas ajustadas y diverso y punzante material ferretero no representaron acaso el putrefacto cadáver de la sociedad de consumo de la risueña década de los cincuenta y los prodigiosos sesenta? Les ahorro el significado oculto, tenebroso y perverso que se esconde bajo la distinguida, dentrífica y cuquísima apariencia de los pijos... Es demasiado temprano, no hemos terminado la digestión y los niños aún están levantados, correteando a nuestro alrededor, el periódico podría caerse al suelo y ellos inocentemente... No, no hablemos de los pijos, sería..., o sea, ¿cómo lo diría yo?: ¡superfuerte!, ¿no?

Vestidos de sueños

Lola Gavarrón ha relacionado clarividentemente la moda con el psicoanálisis. Escuchemos sus palabras: “Y como el sueño, considerado irrelevante hasta que Freud descubrió su lógica y sus mecanismos; la moda está empezando a revelar el inconsciente, tanto individual como colectivo, así­ como sus mecanismos y su sentido”.

La moda genera convergencias artificiales en una civilización donde sin los demás, sin su mirada, su opinión, su deseo, su palmadita en la espalda, sus caricias o su envidia parece que no somos nada. La moda exterioriza el carácter totalitario de la vida social; es el síntoma rebosante de su creatividad, de su anhelo compulsivo de fugacidad/eternidad, pero también de su vacuidad. Porque en la moda, más que en ninguna otra esfera, todo es hermosa, tierna y feroz vanidad de vanidades: tornasoladas, frágiles pompas de jabón.

Y, sin embargo, son precisamente el vano, el hueco, la puerta, la ventana o el ojo quienes nos permiten salir de casa, de nosotros mismos y contemplar o ser contemplados por la vida, por los demás. Y esto tanto vale a nivel personal como a nivel planetario. Un mundo pluricultural necesita alguna referencia que le otorgue un mínimo de cohesión y, en ese sentido, la moda juega un papel primordial. Si en las ideas y los intereses hubiese la misma flexibilidad, el mismo pragmático y sano sincretismo, el mismo acuerdo que en nuestra forma de vestir los enemigos apenas podrían distinguirse entre sí.

La moda se ha convertido en un potente lenguaje visual que permite la continuación del diálogo en una época hasta donde algunas palabras básicas han llegado agotadas, tan usadas, con tantos significados adheridos, con sedimentos históricos tan decepcionantes o infames que ya no estimulan ni dicen casi nada a casi nadie. En este sentido, Lipovetsky y Baudrillard postulan la cultura de la imagen como único agente capaz de reactivar procesos civilizatorios aletargados. Tal vez la moda sea el hermoso plumaje cuya misteriosa erupción entre las cenizas de una época aparentemente muerta provoca la resurrección del ave fénix cultural, entendido en su sentido más amplio.

Parafraseando al pensador débil Gianni Vattimo, la entidad de la moda radica en su capacidad para ser y no ser sueño y realidad, para realizarse como simultaneidad ontológica cuya esencia es el movimiento perpetuo; algo así como los fotogramas de una película que dejan de parecer reales y mueren en una imagen congelada si se detienen, si se interrumpen evidenciando su hasta entonces invisible sucesión; o como un ciclista que sólo conserva el equilibrio gracias a la persistencia de su rodar.

Inquietos, expectantes

Y precisamente en esa necesidad de renovación radica su interés económico, pues por su propia indefinición artística y vital, por constituir la esencia de lo efímero, la moda compendia la esencia del sistema capitalista, de la sociedad de consumo. La astuta estrategia de los mercaderes multinacionales se cifra en el alevoso arte de mantener a sus clientes en un estado crónico de deslumbramiento y deseo insaciable: es la perniciosa fórmula de las adicciones: las víctimas de la moda padecen el síndrome de abstinencia y podrían llegar a arañar si pasa el día veinte y aún no ha llegado su revista favorita al quiosco, o serían capaces de arruinarse con tal de adquirir esos zapatos, ese cinturón o ese vestido de... (póngase el nombre de algún diseñador/a divino/a, a ser posible que suene a italiano, francés o blanco-anglosajón-protestante), como se arruinan los esclavos de la princesa Heroína o los adictos al juego... Quien se deja vencer por la moda cae en las redes del frenesí y la necesidad compulsiva de renovar la piel, emprendiendo una imposible huida hacia ese otro yo que aparece siempre en el horizonte de la próxima temporada, en la pasarela, en la gruesa revista donde la publicidad y los cuidadísimos reportajes se funden sin solución de continuidad. Si se llegase a controlar ese impulso, tal vez no fuese necesariamente negativa la convicción de que se cambia siempre para mejor, de que la única manera de plantar cara al tiempo consiste en volverse tan inasible y fluido como él.

Baudrillard no comparte estas dudas y, adoptando una postura rayana en el puritanismo, niega en este ámbito cualquier posibilidad de auténtico cambio: “No hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda es arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del individuo”. Justamente en el otro extremo habría que situar el sentir del diseñador Raf Simons, para quien la moda y la aceleración de las tendencias son el elemento que dinamiza la mentalidad estética e incluso moral de la sociedad (gracias precisamente a su propia inestabilidad). Y yo me pregunto por qué en esos estados norteamericanos que cada año visitan los tornados construyen las casas de madera, o por qué los monjes tibetanos dibujan sus laboriosos y sofisticadísimos mandalas con arena de colores que luego barren y confunden con una brocha... ¿Sólo por el placer de reconstruir, de volver a empezar de nuevo? ¿Es la moda nuestra frágil cabaña en Kansas, nuestro gran mandala, quien calma y sublima nuestra ansia de autodestrucción y resurrección? ¿O llevarán razón Nietzsche y los filósofos postmodernos cuando afirman con una sonrisa burlona que sólo lo aparente es real?

Prefabricamos nuestra identidad a través de esa imagen personal a la que llamamos look. “Como ya no es posible definirse por la propia existencia –Baudrillard dixit–, sólo queda por hacer un acto de apariencia sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no: existo, estoy aquí; sino: soy visible, soy imagen –look, look! –. Ni siquiera narcisismo, sino una extroversión sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la cual cada uno se convierte en empresario de su propia apariencia”.

Así pues, sé tú mismo, desobedece las consignas, marca tus propias reglas, descubre tu yo auténtico... Y ya sabes que para manifestar tu personalidad y tu rebeldía nada mejor que seguir la últimas tendencias de la moda...

Javier Sierra: la ruta prohibida.


Uno de los usuarios del chat pregunta: “¿Cree usted en Dios?”. A lo que el joven autor de bestsellers internacionales responde: “Digamos que lo busco”. Y es que Javier Sierra es un romántico, en el mejor y auténtico sentido de la palabra. Un perseguidor de misterios, un cazador de sueños. Me recuerda a esos científicos de Julio Verne: metódicamente flemáticos en sus investigaciones y, sin embargo, capaces de descender por el cráter de un volcán para emprender un viaje al centro de la tierra, o de acomodarse dentro de una enorme y hueca bala de cañón para ser disparados con rumbo a la Luna. Aunque será mejor que no le dé ideas, porque, como buen aragonés, el chico es valiente y muy obstinado; de hecho, uno de sus lemas vitales es la cita de Napoleón que reza “la victoria es siempre del más perseverante”.
Acaba de publicar La ruta prohibida (Planeta), un ameno y variado, tanto en épocas como en temas, catálogo de misterios históricos semiocultos e ignorados que, a su juicio, podrían ofrecernos una información valiosísima acerca de momentos y personajes clave de nuestro pasado. Pretendiendo iluminar zonas en sombra que la historia académica ha desdeñado sistemáticamente, porque en ellas se vislumbran elementos ocultistas o sobrenaturales, aporta convincentes interpretaciones fundadas en indicios materiales y documentales que nos catapultan a una visión insospechada de episodios de los que ya creíamos saberlo todo.
Les pongo un ejemplo. “Frente a mí, en el corredor izquierdo de la imponente basílica de San Pedro, en Roma, el monumento funerario de Inocencio VIII mostraba orgulloso una sentencia profundamente anacrónica: Novi orbis suo aevo inventi gloria. «Suya es la gloria del descubrimiento del Nuevo Mundo»”. Pues bien el intríngulis de la cuestión está en que el citado pontífice falleció una semana antes de que Cristóbal Colón zarpara del puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492. Si a ello le sumamos que en el mapa de Piri Reis se anota que el primer viaje de Colón tuvo lugar en 1485, que el futuro Almirante estaba “demasiado” seguro del éxito de su descabellada empresa, que dicho mapa contiene un trazado casi perfecto de los Andes, aún no explorados cuando el cartógrafo turco realiza su atlas en 1513..., que la piedra de Westford, encontrada en Massachusetts, contiene un graffiti de un caballero con una espada, que los templarios poseían en el siglo XII una flota capaz de realizar la travesía trasatlántica... Y aún hay más: “Colgada en un expositor del Museo Nacional de Arqueología de la Paz, en Bolivia, la pequeña estatua de un hombre barbado –los indios del altiplano son, como se sabe, lampiños- y con una cruz griega en relieve esculpida en el pecho, acababa de regalarme una mirada desafiante. (...) De no saberme en tierras americanas, hubiera creído que estaba frente a alguna burda talla románica elaborada en Francia o España. La talla de un templario”. En fin que, como mínimo, el bueno de Javier Sierra nos pone a dudar; y esa duda debería ser el acicate, el punto de partida de una revisión que reabriese “casos cerrados” que parecen reclamar nuevas líneas de investigación.
Ya sé que alguno estará esbozando una sonrisilla de suficiencia; una sonrisilla de esas que condenaron, en su día y salvando las distancias, a Galileo, Darwin o al propio Colón (y, sin embargo, se mueve, somos primates y el mar no se hunde en un abismo). Si es usted uno de esos escépticos, por favor, lea este libro y desmóntelo con pruebas y argumentos mejores que los que en él se exponen. Le adelanto que no le va a resultar una tarea fácil. Para empezar tendrá que viajar mucho; antes hubiéramos dicho “más que los baúles de la Piquer”, hoy podríamos decir “más que la sofisticada videocámara de Javier Sierra”.
De este investigador, periodista y narrador cabría señalar que es el “Ciudadano Kane” de los medios de comunicación especializados en temas paranormales y esotéricos. Su currículum es impresionante y no para de crecer. En la actualidad ejerce como consejero editorial de la revista Más allá de la Ciencia, todo un clásico siempre a la vanguardia, de la que fue director en su época de mayor crecimiento. Su rostro nos resulta familiar porque colaboró, con sección fija, en Crónicas marcianas y podemos verle al frente de la emisión El arca secreta, en Antena 3 TV. Renuncio a ponderar la cantidad y el prestigio de las colecciones que dirige o asesora. Y, por si no fuera suficiente, su novela La Cena Secreta se ha publicado en más de cuarenta países, permitiendo que se convirtiera en el primer autor español que accede al Top Ten de la lista de los más vendidos de Estados Unidos elaborada por The New York Times; en marzo de 2006 llegó al sexto puesto. Es decir, millones de ejemplares despachados, que se dice pronto, y más de un productor cinematográfico marcando su número de teléfono.
Por último, subrayar que La ruta prohibida admite variados niveles de lectura. Se puede leer como una colección de ensayos de divulgación histórica o de relatos que, sin tener que comulgar necesariamente con sus conclusiones, muy abiertas, por otra parte, les proporcionarán ratos de amena y sorprendente lectura.
manuel-diasintensos.blogspot.com
La ruta prohibida. Autor: Javier Sierra. Edita: Planeta, Barcelona, 2008.